MÉRIDA, Yuc., 30 de marzo de 2026.– En el marco del Día Latinoamericano del Jaguar, la atención vuelve a centrarse en uno de los animales más emblemáticos del continente: el jaguar (Panthera onca), considerado el felino más grande de América y una especie clave para el equilibrio ecológico de los bosques y selvas tropicales. Aunque aún mantiene presencia en diversos países de América Latina, su supervivencia enfrenta amenazas crecientes como la pérdida de hábitat, la fragmentación de los ecosistemas, la cacería y los conflictos con actividades humanas, especialmente la expansión agropecuaria.
La Selva Maya, uno de los últimos
En México, la Selva Maya —que se extiende por Campeche, Quintana Roo y Yucatán, además de zonas de Guatemala y Belice— es reconocida como uno de los territorios más importantes para la conservación del jaguar en Mesoamérica. La propia Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (CONANP) ha documentado que la Península de Yucatán alberga algunas de las poblaciones más relevantes del país, particularmente en complejos forestales y áreas protegidas de gran continuidad ecológica. Sitios como Calakmul, Balam-Kú, Balam-Kin, Sian Ka’an, Bala’an K’aax y otros corredores biológicos mantienen conectividad fundamental para el desplazamiento, reproducción y alimentación de esta especie.
El corredor del jaguar
Dentro de la Península, Campeche destaca como uno de los núcleos más importantes por la presencia de extensas áreas selváticas bien conservadas, principalmente en la región de Calakmul y su zona de influencia. En Quintana Roo, la conectividad ecológica entre Sian Ka’an y Bala’an K’aax sigue siendo estratégica para la movilidad del jaguar, mientras que en Yucatán la conservación de corredores y remanentes forestales cobra cada vez mayor relevancia ante el avance urbano y de infraestructura. Para especialistas y autoridades ambientales, la permanencia del jaguar en estos tres estados depende no solo de las áreas naturales protegidas, sino también de mantener conectados los paisajes forestales fuera de ellas.
La importancia del jaguar va mucho más allá de su valor simbólico o cultural. Se trata de un depredador tope, es decir, una especie que regula poblaciones de otras especies y ayuda a mantener el equilibrio de los ecosistemas. Su presencia suele ser un indicador de selvas sanas, con suficiente cobertura forestal, agua, alimento y conectividad. Proteger al jaguar también implica proteger a cientos de especies que comparten su hábitat, así como servicios ambientales fundamentales para las comunidades humanas, como la captura de carbono, la conservación del agua y la estabilidad de los suelos.
Las amenazas siguen creciendo
A nivel latinoamericano, las principales alertas sobre el jaguar apuntan a la deforestación, el avance de carreteras, megaproyectos, incendios, cambio de uso de suelo y la reducción de presas naturales. A ello se suman casos de cacería furtiva y tráfico ilegal de partes del animal, una amenaza que organismos internacionales han advertido como persistente en varios países del rango de distribución del felino. En la Península de Yucatán, los expertos coinciden en que el gran desafío no es solo conservar “islas” de selva, sino garantizar la conectividad entre ellas para evitar el aislamiento genético de las poblaciones.
La conmemoración de esta fecha representa también un recordatorio de que el futuro del jaguar está estrechamente ligado al destino de la Selva Maya, uno de los pulmones biológicos más importantes de México y América Latina. Para la CONANP y diversas organizaciones conservacionistas, proteger al jaguar significa defender corredores biológicos, fortalecer las áreas naturales protegidas, reducir conflictos con comunidades y promover una relación más sostenible con la selva. En estados como Yucatán, Campeche y Quintana Roo, el reto es enorme, pero también lo es la oportunidad de preservar a una de las especies más icónicas del continente.




